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CULTURA

 

 

DE CONDICIÓN ONETTIANO (Parte I)


Larsen & compañía

ONETTI NO CULTIVÓ la vida literaria, ni aceptó ser “maestro” de nadie aunque ejerció con morosa deliberación la seducción lánguida y distante de lectores jóvenes, de mujeres, de jóvenes mujeres. Dijo que, como Faulkner, aspiraba a no dejar otro rastro que lo escrito y fue consecuente y descuidado con las cartas de otros, con su imagen, al final, con sus artículos de prensa. Y, sin embargo, pocos autores hay que gocen del fervor de escritores que en distintos lugares del planeta confiesan su filiación y más: están heridos de Onetti, marcadas sus vidas por haberlo leído. Hay herederos oficiales de Onetti demasiado famosos para pasar desapercibidos.

No están aquí, sin embargo, ni Mario Vargas Llosa, ni Ricardo Piglia, ni José Emilio Pacheco que fue el primero que lo leyó en México, ni Sergio Pitol, aunque intentamos que estuviesen. Por enfermedad, ingratas torpezas digitales, agendas y prioridades o mera inaccesibilidad, ellos no están. Descubrimos en cambio que existe un grupo más compacto, la mayoría nacidos en la década del 50 que continúan sin estrategias de mafia, un agua subterránea, un modo de entender la literatura;; y de vivirla solitariamente. Junto a los fervores conocidos de un Muñoz Molina o de sus cultores montevideanos, había en Alemania un autor que bautizó su casilla de correos “juanbrausen” y en Argentina varias muchachas que lo hicieron suyo en la primera adolescencia y lo juzgaron luego. Por eso pensamos que esta entrega podía titularse sin parricidio ni freudismo abusivos “Los hijos de Onetti”, y que ese nombre que algún convocado nos reprochó porque los “botijeaba”, podía invocar con felicidad a otros hijos difíciles del Río de la Plata. Como “Los hijos de Fierro”, tan marcados por el padre como irreparablemente indóciles. Hubo antes en esta ciudad alguien que pensó para salvarse en tiempos difíciles (y antes que Vila Matas) en el nombre de “Larsen & Co”, que el costado lúdico de Onetti hubiese aceptado, y por eso, lejos de la academia y de la crítica esta vez, Brecha reúne en torno a Larsen a la alegre compañía y quiere traer a sus lectores en este centenario el testimonio de esos que él llamó escritores de raza, el tipo del escritor no-hombre de letras… que reclamaba en sus inicios y en páginas de semanario como éstas, el joven Onetti.
Preguntas fáciles, respuestas difíciles
1. ¿CÓMO Y CUÁNDO leyó a Onetti por primera vez?
2. ¿Cuál considera que es el valor de su literatura?
3. ¿Qué tipo de relación hay entre la literatura de Onetti y la que usted mismo escribe? Y si no, qué diferencias. n
JUAN VILLORO. Mide como dos metros y nació en el DF mexicano en 1956. Estudió sociología en la universidad y literatura en el taller de Augusto Monterroso. Ejerce el multiempleo habitual de los escritores latinoamericanos y de los mexicanos que no han querido tomar todas las becas. Así fue que dirigió el suplemento literario La Jornada Semanal y que probó el oficio de diplomático en el este de una Alemania aún dividida. Escribe habitualmente ensayos en Letras libres. Ha publicado en varios géneros: ficción, crónicas, teatro, literatura para niños. Entre sus libros de ficción están El disparo de Argón y Las llamadas de Ámsterdam (novelas);; La noche navegable, Los culpables (cuentos), Los once de la tribu (fútbol), Efectos personales (ensayos). Estuvo en Uruguay dos veces. En De eso se trata, el último ensayo está dedicado a Onetti.

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A los 15 años entré a un curso de guión cinematográfico y escribí una historia, que para mí tenía reminiscencias rulfianas. Mi madre se la dio a leer a su amiga Margo Glantz y ella me dijo de manera enfática: “¡Tienes que leer a Onetti!”. Fui a una librería y encontré dos libros de ¡Jorge One-tti!: Contramutis y Cualquiercosario. Los leí con interés pero sin comprender la conexión que Margo había visto con mi breve guión. Esta entrada en falso es muy onettiana. Lo supe meses después, cuando descubrí al “otro” Onetti y leí El astillero, prologado por José Donoso (conservo la edición de Salvat, de 1970). Así ingresé a Santa María. Desde luego, sentí un vínculo con lo que yo quería expresar, pero llevado a un plano inimitable. El deslumbramiento fue el de alguien de tierra adentro que camina lo suficiente para oír un rumor creciente y de pronto atisba el mar. Onetti se agregó a mi paisaje mental de ese modo definitivo.

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He tratado de destacarlo en algún ensayo. La prosa de Onetti es única, tiene una tensión poética admirable. Nadie ha descrito objetos en proximidad mejor que él (un cenicero, un vaso, una ventana). No hay una línea inerte en su obra. Todo son fulgores negros, muchas veces amargos. Su poética del desgaste está llena de emoción y ternura y complicidad. En Onetti nada tiene remedio y todo vale la pena. Un gesto mínimo redime en la catástrofe. Apasionado de los extremos físicos, recrea como nadie la juventud de una muchacha o la vejez de un tipo cualquiera. El ritmo de su prosa es el de quien fuma con sabia indolencia, el que ha visto el desastre pero no se precipita para contarlo, lo retiene un poco, lo precisa y así salva algo. En El pozo narra desde el desperdicio de una historia y logra una trama portentosa con el desecho de otra;; en Los adioses el narrador no entiende lo que cuenta o sólo lo entiende tarde y aun así la historia se impone como una realidad autónoma. Onetti fue narrado por su propia obra, se convirtió en personaje de Brausen, fundador de Santa María, logró que su escritura tuviera una cuota de realidad que nunca ha tenido la vida.

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Me gustaría no haberlo leído en vano. Reclamar su herencia es a un tiempo pretencioso y redundante. Es el fundador de un tipo de escritura en América Latina en la que se inscriben todos los autores que aprecio, de Rulfo a Bolaño, pasando por Pitol y Piglia. Como su admirado Faulkner, tiene muchos modos de estar presente en los autores que vienen después de él.
Algunos críticos han señalado su influencia en el tono de mi novela El disparo de argón y en los temas de mis cuentos de La casa pierde. En estos casos se trata de historias tristes. Tal vez por eso es más fácil ver ahí alguna huella del gran narrador de las causas perdidas. En otros de mis textos la ironía y el humor son importantes y esto los aleja de la estética del descalabro de Onetti, pero aun ahí no dejo de sentir su impronta. Es un poco absurdo decir que Mozart es tu músico favorito, porque en cierta forma Mozart es la música. Algo similar sucede con Onetti;; para mí, es idéntico a la forma en que circulan las palabras. Ayer me quedé atrapado en el tráfico y oí diez veces seguidas la grabación de “Bienvenido Bob”. Mi coche estaba detenido, pero la voz se movía, con un control absoluto de su territorio.


FRIEDRICH ANI. Pesaba tres quilos y medio cuando nació en el hospital Benediktbeuern, de Kochel, en la Alta Baviera, el 7 de enero de 1959. Su apellido raro en Alemania le viene de su padre, Mohamed Ali Ani nacido a orillas del Éufrates, en Siria. La madre llegó junto a su familia a fines de la Segunda Guerra Mundial como emigrada desde Polonia. Friedrich nació hijo ilegítimo, sus padres se casaron cuando él tenía 7 años aunque no asistió a esa boda. Su abuelo había muerto un año antes y desde ese día en el que maldijo a Dios, dice: “Supe que la vida sólo tiene un sentido: hay que aprender a soportar la soledad para estar preparado para la muerte en todo momento”. A los 13 se fugó de su casa y adoptó por familia y tribu a la fauna de los bares, gente sencilla de todo pelaje que le contaba historias. Es el creador del inspector Tabor Süden, que trabaja en el departamento de desaparecidos de la policía. Escribe policiales, se ha dicho que complicados por la vocación que tienen sus protagonistas de abandonarlo todo e irse. La promesa del ángel caído, El bebedor del tranvía, y La mujer del vestido duro están traducidos al español. Cuando respondió a esta encuesta –en inglés– dijo que hiciésemos lo que quisiésemos con eso, que tal vez pudiésemos mejorarlo en español, que no sabía expresar lo que sentía por Onetti. Su casilla de correo lleva por nombre: juanbrausen@...

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El primer libro de Onetti que leí fue La vida breve. Era uno de esos pocos libros que siempre había esperado. Me lo dio Peter Hamm, el poeta. Estábamos en 1989 y yo estaba al final de un largo camino. Desde las primeras frases me hundí en esa novela y creo que todavía no acabo de salir. Entretanto he escrito muchos libros, novelas policiales, cuentos, poemas y en el año 2009 algo nuevo sucederá con mi vida y mi escritura, pero Onetti todavía está allí. Él es mi pivote y el guardián de la oscuridad de mis días y de la luminosidad de mis noches.
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Onetti escribe de la vida desnuda. Sus personajes son sombras que arrojan personas. Sus historias nos hablan a los escritores de algo que conocemos. El suyo es un universo hecho de literatura, un mundo de ficción y fantasía en el que los personajes actúan pero sin ignorar la verdadera vida y las necesidades más verdaderas de la gente. Sus cuentos son obras de arte.

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Intenté imitar a Onetti;; fracasé. Intenté escribir de un modo absolutamente opuesto al suyo, y fracasé. Cuando creé al inspector Tabor Süden –un policía que busca a personas desaparecidas– pude acercarme al modo en que siempre había querido desarrollar mis historias. Estos días he empezado a releer a Onetti desde el principio: lo necesito para mis nuevos planes. Tal vez nunca nadie llegue a percibir las influencias que Onetti ha tenido en mi obra, y eso está bien. Pero yo me sé esas influencias. Ah, y también tengo su voz. Una periodista que fue su amiga lo visitó en Madrid y la trajo. Así que el Padrino todavía me habla.

BELÉN GOPEGUI (Madrid, 1963). Novelista y guionista, fue primero periodista cultural hasta que se animó a enviar su primera novela, La escala de los mapas, a la editorial Anagrama. Y enseguida gana dos premios, el premio Tigre Juan 1993 y el Iberoamericano Santiago del Nuevo Extremo a primeras novelas. Es también autora, entre otras, de las más famosas El lado frío de la almohada, Lo real, y de un volumen ensayístico de título largo: Un pistoletazo en medio de un concierto: acerca de escribir de política en una novela.


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Empiezo a leer a Onetti poco después de terminar mis estudios de derecho. Otro escritor, Francisco Solano, me habla de él. Empiezo por “Bienvenido, Bob” y La cara de la desgracia. Después las novelas, Larsen, la verdad mentida.

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Onetti es a secas. Está a años luz de esos escritores dietéticos que aportan vitaminas tipo oído para el habla de la calle, o abordaje singular de la sintaxis. Onetti, no. Y bien: los gestos;; muchos han encontrado en su precisión perfecta al describir un gesto una singularidad, pero olvidan que esa precisión existe porque el gesto tiene quien lo haga, lo mire, lo traiga aquí. “Sólo quiso ver la cara durante el primer segundo en que empezó a desinflarse, a pedir dignidad: tal vez la estuvo mirando hasta que fue visible la inquietud de la esperanza, hasta que la cara mostró la consternación de las grandes alegrías estériles.” Es la cara del olvidable Barthé, el concejal boticario y su proyecto de un prostíbulo anclado –¿cómo?– en un viejo ideal civilizador, y es el doctor Díaz Grey quien aceptó la tarea de ofrecer a Barthé una victoria humillante: lo tendrás si tragas, y quien lo evoca y nombra, y sin ellos el gesto no valdría nada. Por eso mismo lo onettiano como categoría degradada, como los ecos que entorpecen a sus voces en, pongamos, lo kafkiano, etcétera, no se produce. Algunos escritores juegan con sus términos, creen que basta con escribir infortunio, desdicha o “sus fatigadas frases de ternura”, pero permanecen a siglos de distancia de lo que Onetti logró y que viene a ser como volver transitivos los verbos intransitivos, y fracasarnos, delinquirnos o amanecernos.

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Hay una parte en la que quisiera coincidir y que atañe a la descripción, a escribir con materiales antes que con palabras, por decirlo de algún modo. Usamos distintos materiales, pero él lo hizo y yo trato de hacerlo: escribir no es ruido, es espacio tomado.
La advertencia “le es fácil condenar a quien es joven y aún no ha tenido tiempo de hacer daño”, que aparece en Las moscas, de Sartre, atraviesa, pienso, los libros de Onetti, no porque se aferren a ella quienes hicieron daño sino porque conocen la advertencia y la quieren desmentir, aunque sea en el futuro, expiando el daño como si eso sirviera y, todavía más, hasta que eso sirva. Por ahí transita también a veces lo que escribo, si bien la supuesta naturalidad con que vinculo ahora mi escritura con la suya, como bien habrán adivinado, surca ya las aguas del delirio en que Onetti, padre nuestro, nos permitió habitar por siempre.
Por último, para salir de equívocos, quiero recordar que sí, hubo una vez en que Onetti, en respuesta a la pregunta sobre hasta qué punto sus novelas podían leerse como alegorías, respondió que no podría escribir así, alegóricamente, y añadió: “¿Conocés el chiste viejo del tipo que le preguntaron qué mensaje tenía su novela? Les contestó: ‘Si necesita un mensaje use la Western Union’”. Pero por una vez que maté a un perro me llamaron mataperros, así pues, recordemos el contexto de aquella afirmación: a) hecha para salir de lo alegórico, terreno que repele a cualquier escritor carnal y material como es Onetti y, diremos, a cualquier escritor que se precie, b) hecha en unos años, distintos de los nuestros, en que el mensaje recorría la literatura de un modo, vale decir, impropio. Hoy el mensaje no recorre nada, se ha quedado quieto, relegado al mismo campo semántico, eso sí, que otras potencias del espíritu, así discernimiento, juicio, ciencia del bien y del mal. Hoy las justificaciones de los hechos, si alguna vez se dan, mueven a risa. Y hoy recuerdo sin embargo que Onetti, dios de su propio mundo, hundía y salvaba a sus criaturas, condenaba, redimía, y no por el azar.


ELSA DRUCA-ROFF. Definitivamente porteña y feminista, es una intelectual de la Universidad de Buenos Aires, la UBA, donde se formó y ahora enseña, pero en los últimos diez años ha ido creando una obra de ficción que se inició con novelas históricas como La patria de las mujeres. Una historia de espías en la Salta de Güemes y Conspiración contra Güemes. Una historia de bandidos, patriotas, traidores. Hace poco vino a Uruguay a presentar El infierno prometido. Una prostituta de la Zwi Migdal, y anunció otra que involucra a Rodolfo Walsh. En su costado ensayístico y académico fue responsable del Volumen 11 de Historia crítica de la literatura argentina. Vino a Uruguay a participar en el Encuentro de Mujeres. También cuando la Movida Onetti en Colonia.
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Con 19 años, cursando el seminario de Enrique Pezzoni en Buenos Aires. Él puso como texto central La vida breve. Yo había intentado leer a Onetti dos años antes, reboté contra las primeras páginas de El pozo y lo dejé. No era mi momento. Empecé a leer La vida breve sin entusiasmo y para mi asombro me laceró, se me metió en el cuerpo y en la vida. Estaba en el momento existencial para entenderlo, y cuando la terminé seguí con todo lo demás. El programa de heroico fracaso de sus protagonistas me conmovía profundamente, tal vez porque yo estaba eligiendo mi propia vida, tomando las decisiones que iban a construirme como lo que soy, el entorno eran dictadura y derrota, y leer a Onetti era la posibilidad de pensar radicalmente el fracaso social que me rodeaba y el posible mío propio, una catarsis que terminó salvándome (como si algo de esa salvación que tanto y tan en vano buscan los personajes de Onetti se derramara en mí como una gracia). Pero esto lo pienso ex post facto. En ese momento, imbuida de ese imaginario de tristeza viril y heroica, sólo podía conmocionarme y decirme que ese hombre era mi hermano, una frase muy onettiana, claro.

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La narrativa de Onetti piensa la creación, la ficción, la producción de arte, de mundos otros, con una profundidad inédita, la representa, la vuelve trama, pero no con un afán puramente teórico, para que los académicos nos pongamos contentos por la autorreferencialidad, la materialidad de la escritura y todos esos lugares comunes de moda en la crítica hace ya demasiados años. Él piensa la creación y escribe, narra, procesos de invención de mundos desde un lugar vital, no teórico. Para Larsen, para Brausen, para todos los protagonistas de su obra, crear es un modo de praxis, de vida, crean con la misma urgencia con que sudan, fornican, van de vientre. No es una creación en la torre de cristal, un Arte Divino, es un proceso inmundo y apasionado;; mientras ellos viven/crean, circulan por sus mundos creados y por el que habitan la explotación de clase y de género, no son puros, héroes morales políticamente correctos, tampoco son hipócritas, son implacables, no disimulan su miseria y aman la pureza sin la menor esperanza. En Onetti hacer arte es al mismo tiempo vagancia y trabajo, un trabajo inútil y fundamental que hacen los disidentes sin real esperanza.

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No sé si hubo alguna vez un vínculo entre mi escritura y la de él. Sí hubo uno muy fuerte entre la escritura de Onetti y yo misma, entre él y mis tormentos. Me cuesta pensar esto en términos técnicos porque además creo que ni mis novelas de ahora ni mis cuentos de entonces tenían una relación estilísticamente afín, aunque los que escribimos no somos los mejores para pensar lo que hacemos. Hubo un vínculo entre la representación del arte que él ofrecía y mis impulsos creativos, mi necesidad creativa. Un vínculo un tanto adolescente, con los años me río de esa convicción nuestra (suya y mía) de que la vida es derrota y tristeza. Yo me identificaba con sus protagonistas creadores, pero sus creadores son sin excepción varones, las mujeres en Onetti no crean, y si sus vientres engendran, lo que engendran nace muerto, sus pechos no amamantan, son extirpados u ofrecidos en algún comercio vil. Con los años, mi proyecto literario se consolidó de espaldas a esa escritura extraordinaria. Aposté a escribir desde un cierto optimismo (lo que no significa que escribo cosas alegres, espero que se entienda), en lo personal, no aposté a salvarme únicamente por el arte sino por vínculos de amor en este mundo, quise algo de lo que Onetti reiría: una vida estable y razonablemente feliz, compartida con algunos, haciendo para ellos también una vida más o menos estable y feliz. Sí creo que hay un permiso para la imaginación que Onetti me dio para siempre: esa fruición con la que él cuida su Santa María, pone y saca personajes, la destruye, la rehace, la sueña sin preguntarse por qué, esa felicidad y esa libertad me las mostró él. Eran tiempos donde la obligación política teñía casi todo y ahí estaba él, tirado en la cama tomando vino y soñando a su chivo.

 

DE CONDICIÓN ONETTIANO (Parte II)


Larsen & compañía

Preguntas fáciles, respuestas difíciles 1. ¿CÓMO Y CUÁNDO leyó a Onetti por primera vez? 2. ¿Cuál considera que es el valor de su literatura? 3. ¿Qué tipo de relación hay entre la literatura de Onetti y la que usted mismo escribe? Y si no, qué diferencias.

HORACIO CASTELLANOS MOYA. Ha declarado que viene de una familia llena de escritores frustrados, pero él ahora está en plena cosecha de éxitos. Se lo invita a Nueva York, se disputan sus novelas. En lo que escribe, en cambio, perdura el fracaso. Ha dicho “mi mundo narrativo parte de las heridas de mi memoria”, y ha escrito títulos afines a esa definición, como El asco: Thomas Bernhard en El Salvador, Baile con serpientes, Con la congoja de la pasada tormenta. Junto a sus respuestas nos envió algunas notas que publicó hace tanto tiempo en El Salvador, sobre Onetti.

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No recuerdo cuándo fue la primera vez que leí a Onetti ni tampoco qué libro. Me gustaría creer que fue a finales de los años setenta, porque en un cuento que escribí en 1980 encuentro un epígrafe tomado de Para una tumba sin nombre. Pero no sé. Siento que Onetti es un escritor que me ha acompañado desde siempre, como placer de lectura y ejemplo crucial en el oficio. En Fráncfort Dejemos hablar al viento fue mi amuleto, la novela sobre la mesa de luz. Es una novela que me gustaría escribir, si contara yo con ese talento, en la que el viejo Onetti concentró lo mejor de su misantropía y también del oficio.

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Onetti creó su propio mundo narrativo, a partir de su experiencia de vida en Montevideo y Buenos Aires;; un mundo narrativo autónomo, regido por las leyes de la creación y donde el escritor es el soberano. A la fundación de ese mundo narrativo debemos sumar una manera de ver, una forma de percibir, muy particular y también un estilo inconfundible.

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Toda comparación es odiosa. Y jamás se me ocurriría ponerme junto a Onetti: sólo dejaría al descubierto mi pequeñez, mis limitaciones. Es como un árbol enorme y frondoso bajo cuya sombra crecen pequeños arbustos, variadas plantas y hierbajos.


JUAN CARLOS MONDRAGÓN. Vive ahora en París pero tiene obsesión montevideana. A la ciudad en que nació a comienzos de los cincuenta ha dedicado cada libro. Antes de partir fueron cuentos y luego empezaron a llegar las novelas, El misterio Horacio Q, Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta, el recientísimo El viaje a Escritura. En otra veta, la de sus ensayos, tres nombres convergen y reinciden: Lautréamont (el conde), Torres García y Onetti. Su mejor homenaje: Night and day… un nombre también de canción, para decir, comentar, entrar a La vida breve.


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Seguro que fue en la casona familiar de los años aquellos en 8 de Octubre 4681, frente por frente a la parada del ómnibus 101 con destino Curva de Maroñas. Después la información se vuelve imprecisa. Catorce o quince años, llevado por el entusiasmo del programa La noche que conducía Augusto Bonardo en el primer Canal 5, por la aparición de la serie Capítulo Oriental sobre la literatura uruguaya y que siguió a la serie de Capítulo Universal. Yo compraba el fascículo con el libro en una peluquería para caballeros pegada a casa, el salón de Julián Morales (el patrón tenía nombre de guapo y personaje de cuento), que además de cortarles el pelo a los taxistas de la parada de la esquina y a algunos jugadores de Danubio –me acuerdo en especial del golero Bardanca– atendía un anexo de diarios y quiniela.
Debió ser entre las clases de Alicia Conforte y de Alejandro Paternain, providenciales profesores de literatura que tenían las cosas claras al respecto, en el liceo 14 de 8 de Octubre y Propios. Los primeros textos de Onetti debieron ser la novela corta El pozo y algunos cuentos, “Un sueño realizado”, “Bienvenido, Bob” y “El infierno tan temido”. Me parece que se colaron entre El escritor y sus fantasmas, de Ernesto Sábato, y los volúmenes 11 por 17 de la colección Austral para los cursos.
Algo debió pasar en esas lecturas combinadas, del orden de la epifanía y el trauma, cuestiones relativas a la ciudad donde nací y el misterio de la escritura de ficción, a la incidencia de los libros en el proyecto vital, a sentidos ocultos del texto que no entendía del todo pero estaban dispuestos a esperarme. No recuerdo un episodio determinante. Todo debió ser muy sencillo, como cuando se llega por primera vez a una estación de trenes. Uno baja del vagón, estira las piernas acalambradas, sale a la calle y para al primero del lugar que pasa: “¿Cómo se hace para llegar al callejón de la literatura?”. Entonces el otro, un tipo de corbata y lentes, con un cigarro en los labios responde: “Vaya por ahí”.

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La enumeración sería larga, pero con la literatura de Onetti es inútil tratar de convencer, si bien es cierto que la novela es un campo de batalla de estéticas y legitimaciones, de conocimiento y de una antropología especulativa, como decía un personaje de Juan José Saer. En resumidas cuentas, después de tantos años de haberla frecuentado todavía me asombra la densidad de su proyecto y la fidelidad hasta los últimos tiempos: la literatura es una opción de vida hasta la muerte. Me inclino ante el prodigio de haber incorporado algunos de sus personajes al caos de la realidad, lo que es para los elegidos: Leopoldo Bloom, Juan María Brausen, Carlos Tomatis. Y este asunto del tiempo, cuando tanta agitación literaria ya se desplaza hacia el olvido, cuando los teóricos de la posmodernidad revisan aquello del final de la historia, este afán proliferante de volver a sus relatos, que recién empieza, porque de lo contrario es como si no hubiéramos entendido nada de lo que se escribe por esta zona.

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“Palabras liminares”, de Rubén Darío, reflejo de egresado del IPA, es un buen antídoto para la celada legítima de la pregunta;; aunque sea difícil hay que evitar la imitación admirativa, escapar del síndrome de las influencias y de la fiebre de los epígonos. Así considerada la cuestión, me gustaría que hubiera esas relaciones intensas en cuanto a la idea de la literatura, y menos en la escritura concreta porque es misión imposible, aunque nunca se sabe;; y como decía el tango: “hay un algo que te vende”.
Ese mundo sanmariano tiene poderes hipnóticos pero no excluyentes y se acomoda desde la excepcionalidad con otros proyectos literarios uruguayos. Al enseñar la literatura los posibles modelos de referencia me podían llevar a la paranoia paralizante, pero al final siempre es uno solo con el lenguaje y la partida recomienza. En el caso de Onetti, opté por estudiarlo a fondo y cuando comencé a escribir era tarde para redundar en su estrategia, impertinente, porque él ya había abandonado los tanteos y estaba camino de lo inefable. El colmo y el epílogo de ese encuentro, además de una tesis de doctorado, es una novela que publiqué hace un par de años y cuyo tema es la lectura de La vida breve.
Onetti abre el juego porque indica otros territorios que lo conmocionaron, su poder viene del compromiso con el acto de escribir. Así lo veo: la vida en la literatura sabiendo que el tiempo siempre está de parte de los textos, los protocolos de la novela en cierta tradición contemporánea radical y después que cada uno se las arregle como pueda.


BETINA GONZÁLEZ es argentina y benjamina en este grupo. Apenas publicó Arte menor, en 2006, ganó un premio (el Clarín de novela). Luego sacó Juegos de playa (2008), una colección de relatos premiada por el Fondo Nacional de las Artes de Argentina. Vive en Pittsburgh, Estados Unidos, donde está haciendo un doctorado en literatura.


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A los 14 o 15 años. Ni siquiera sabía quién era Onetti. Pero encontré en la biblioteca de mi escuela la edición de Seix Barral de Tan triste como ella. Por entonces yo leía todo lo que caía en mis manos (es decir, sin mucho criterio), y ¿cómo no iba a atraerme un título como ése? Sin embargo, no sé si mi lectura de entonces fue muy acertada. En todo caso, con Onetti me pasó lo mismo que con Borges: lo leí muy joven, con desesperación y con pasión, con la intuición de que en sus libros había más, mucho más que en las novelas románticas que por esa época también frecuentaba. Después me di cuenta de que a ese “algo más” se le llamaba literatura.

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Siempre se vuelve a Onetti, imagino que en cada generación de escritores debe existir esa necesidad de leerlo y releerlo. Como si se regresara a una herida abierta. A ese estilo definible tal vez como cierta desazón sin concesiones que es a la vez huida y reafirmación de la cárcel del mundo.

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Me han dicho que Arte menor es bastante onettiana. Es algo que yo no había pensado, pero ahora que lo pienso, creo que la resonancia está en el tono –es decir, en la emoción de la voz de la narradora–. Justamente por su desazón, que a veces llega casi al cinismo. Sin embargo, mi novela se resuelve en un final más esperanzado –algunos han dicho epifánico, imagino que con intención crítica– que se aleja bastante de Onetti. Creo que él no hacía concesiones. El desasosiego que producen El pozo o La vida breve es siempre absoluto, casi expulsivo. Al terminarlos tenemos siempre la sensación de quedarnos fuera de esa afirmación de la vida que es toda escritura. Y sin embargo, también está el Onetti ensayista, con ese estilo del humor punzante que a veces se ha olvidado por destacar lo que cierta crítica ha llamado su “pesimismo”. También es bueno volver a ese Onetti de vez en cuando.


CARLOS MARÍA DOMÍNGUEZ. Cruzó el río sin orillas en dirección opuesta a la de todos, a la de Onetti, y como Montevideo mira al mar, también puso allí su literatura, aunque siguió llamándolo río. Escritos en el agua es un título suyo y fue antes el epitafio de Keats, pero ampara gran parte de su obra: Tres muescas en mi carabina, la más americana;; La casa de papel, la más dichosa, la que le permitió dejar el periodismo y seguir escribiendo. De antes es la biografía que junto a María Esther Gilio escribió sobre Onetti: Construcción de la noche, de inspirado título.

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Yo tenía 18 o 19 años, me iniciaba como periodista en la revista Crisis y quería ser escritor. El astillero desordenó mi creencia de que bastaba con inventar una historia y ubicó mi pretensión a una altura que parecía inalcanzable. Había que crear un lenguaje, un modo personal de contar y de callar. Me lastimó. Lastimó mi inocencia, mi candor y mi estupidez. Todo podía ser mucho más complejo de lo que imaginaba. Primero intenté copiarlo, después temí imitarlo y finalmente descubrí que mi admiración era superficial. Aprendía de su oscuro encanto pero me saltaba la experiencia de dónde nacía. Desde entonces fue un problema. A muchos escritores nos gustaría escribir como Onetti sin ser Onetti, lo cual es absurdo y alucinado en su petición de belleza y de verdad.

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La autenticidad. No porque sus ficciones den de la vida una idea cierta o porque sus emociones sean reales. La autenticidad con que inventó, para sí y para sus personajes, una intensidad que el Río de la Plata desconocía y en muchos registros continúa insuperada. Acaso no exista en América Latina una obra más íntima que la de Onetti. Lo hizo con convicción, carácter y espíritu de novelista, que era su arte. Dejó sobre el timbre del idioma y los caminos de la imaginación un tono de armonías bajas e inescrupulosas, capaces de nombrar con el ritmo de sus frases lentas el empeño inerme de la voluntad, deseos y fracasos que no tenían presencia hasta el momento en que los dibujó con su letra. Sobre el deterioro, las múltiples formas del canallismo, la prostitución y la crueldad, creó expresiones tan delicadas, precisas y elusivas, que es posible oírlas cimbrar sobre sus propios goznes como una música.

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Cuando comprendí que imitarlo era una forma de no entenderlo me resigné a robarle cada tanto algunos sonidos de su fraseo. Más de una vez temí quedar atrapado por su voz, y de ese encierro salí con la lectura de los escritores que lo marcaron, especialmente Faulkner y Conrad. Entonces las seducciones se hicieron más amplias y generosas.
Las diferencias entre mi obra y la de Onetti son las que median entre los libros de un escritor y los de un genio. Pero ya no me avergüenzo de despreciar las palabras que no tienen que ver conmigo. Envidio sin embargo sus mejores fracasos y me gustaría que los míos tuvieran la honestidad de los suyos.


MANUEL GARCÍA RUBIO. Escritor en disputa, es uruguayo por nacimiento, pero por obra, español. Aunque nuestra fue su España. En 1966 se va a Asturias con su familia asturiana, allá estudia, allá empieza a escribir bajo el aire de libertad reconquistado en los setenta. Escribe El sentido de las cosas (1989), El efecto devastador de la melancolía (1997), La garrapata (1998) y Green (2000). Mantiene voluntaria comunicación con la cultura uruguaya y una veneración sola.

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Llegué a España en 1966. Tenía 10 años. Venía de Uruguay, donde nací y viví buena parte de mi infancia, que recuerdo muy feliz. De Onetti lo desconocía todo, incluso que fuera un escritor uruguayo. Era un niño, entiéndaseme bien. Hasta la adolescencia, la literatura no fue para mí más que una posibilidad confusa de diversión, junto con la bicicleta, el televisor y un poco de cine. Pero con 16 o 17 años ocurrió algo casi milagroso. El azar de los apellidos hizo que mi nuevo compañero de pupitre, en el instituto, fuera otro muchacho uruguayo, José Ramón García Menéndez, hoy economista de prestigio en la Universidad de Santiago de Compostela y buen escritor. Juntos descubrimos que un tal Juan Carlos Onetti era un narrador extraordinario y que tenía nuestra misma nacionalidad. Yo comencé a leerlo por El astillero, y de inmediato me hice con los Cuentos completos que publicó Círculo de Lectores, con prólogo de Jorge Ruffinelli. Fue una experiencia extraordinaria, mezcla de descubrimiento, fascinación y orgullo patrio. El tiempo no ha rebajado ninguno de esos sentimientos. A Onetti lo descubro de nuevo en cada relectura, y me confirma lo afortunado que fui por haber vivido un período tan importante de mi vida en un país capaz de haber dado un genio como ése.

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En lo personal, la irrupción de Onetti coincidió con el abandono de la adolescencia y con el acceso a las primeras sorpresas de la madurez. En ese paso, me sentí avisado por Onetti de los múltiples pliegues que guarda el alma humana. En la misma medida en la que, por mi propia y directa experiencia, iba atisbando la complejidad de nuestra psicología, los grises de nuestra existencia, encontraba en las narraciones del maestro la explicación de lo que sin él, en muchos casos, habría sido para mí un misterio insondable. Además, aprendí a amar la morosidad de las frases bien armadas, que no es sino el tempo exacto que algunas verdades profundas requieren para ser expresadas con corrección, y supe de ese sano escepticismo con el que conviene recibir las cosas que los demás te cuentan.

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Mis primeros textos, nunca publicados, eran penosos y descarados ejercicios de simulación onettiana, pronto matizados por la incorporación de García Márquez al catálogo de autores a saquear. Onetti, sin embargo, es irreplicable. Por intenso que sea el esfuerzo de copiar su estilo, es imposible aproximarse a él si no se posee una especial capacidad para adentrarse en los vericuetos del alma humana. Hoy, después de ocho novelas publicadas, Onetti sigue siendo la asíntota que aspiro a acariciar, pero desde enfoques y temas diferentes a los suyos, al menos en parte. Mis personajes, por ejemplo, se encuentran en trance de vivir la derrota, pero aún suelen enfrentarse a los retos desde la ingenuidad de creer que los objetivos perseguidos son posibles de alcanzar. Digamos que son personajes pre onettianos. Lógicamente, este enfoque me obliga a cumplir con un estilo más fresco, si se me permite la expresión, entendiendo la frescura como ingenuidad, precisamente. Con todo, advierto que, con los años, los personajes onettianos de pura cepa vuelven a llamar a mi puerta, esta vez no para ser leídos, sino para incorporarlos a mis historias. Ya se me aparecieron en “La edad de las bacterias” (que tiene su escenario en Montevideo, precisamente) y en “Las fronteras invisibles”, aunque creo que no en “Sal”, mi última publicación. En este sentido, pienso ahora en la narrativa de Hugo Fontana, un autor que, siendo de mi misma generación, está en esa fase desde hace tiempo. No deja de deslumbrarme. O sea, que Onetti sigue vivo y puesto al día, y seguramente seguirá influyéndome durante el resto de mi vida.


HUGO FONTANA. Empezó por la poesía que desliza a veces ahora en sus novelas. Un día descubrió la literatura estadounidense y a Toledo, en Canelones. Fingió escribir Las historias más tontas del mundo. A veces va al ensayo en busca de los grandes temas de la historia y la política;; otras, las historias más pequeñas. Oscuros perros, El crimen de Toledo, El príncipe del azafrán, Veneno, La última noche junto al río, Un mundo sin cielo.

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Mi adolescencia empieza a mediados, fines de los sesenta. Liceo Rodó, abuelo que lee Marcha, movimientos estudiantiles, la lectura como requisito de pertenencia generacional... inevitable oír hablar de Onetti y de las malas interpretaciones de su literatura que aún continúan vigentes: oscuro, pesimista, intrincado, difícil. Pero tuve la suerte de que lo primero que leí fue “Jacob y el otro”, un cuento de aventuras y desventuras como el resto de su obra. Y seguí teniendo suerte en la sucesión de sus libros: El astillero y Juntacadáveres a los 16, 17 años, cuando el idealismo, lo sórdido, el amor, lo pecaminoso –todo lo contradictorio, todo lo ambiguo–, empiezan a ser la parte visible de la realidad. Y leí La vida breve a los 33 años, justo en el momento en que uno empieza a buscar las primeras puertas de fuga y a reclamar la existencia y la invención de un mundo distinto.

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Desde el punto de vista estético, su majestuosidad;; desde el punto de vista psicológico, la construcción de sus personajes, la salvación por el amor como la condición más noble de la dignidad humana;; desde el punto de vista moral, la propia absolución de sus criaturas;; desde el punto de vista ético, el compromiso de Onetti con la calidad de su obra, su irrenunciable pasión, su independencia absoluta.
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En cuanto a las diferencias, una obvia cuestión de calidad. No obstante me gusta buscar voluntariosas semejanzas, tan pocas veces atendidas. Mi paráfrasis es elocuente en La última noche frente al río, donde sólo me faltó copiar el final de Los adioses.


ALAN WARNER. Tras arduas indagaciones, este escocés quizás “desescocesado” como el que pinta Hudson en La tierra purpúrea, resultó nuestro único onettiano en lengua inglesa. Curiosa ingratitud. Pero la escasez se compensó en la entrega. Descubierto por el uruguayo Gustavo San Román que detectó una dedicatoria que aquí también se menciona, Alan Warner participó incluso de un congreso literario en homenaje a Onetti en Escocia. Mucho antes lo había leído. Felizmente hay novelas suyas traducidas al español y hallables en Montevideo. Las sopranos está en la colección crema de Anagrama. También publicó: Morvern Callar (Cara quemada), The Man Who Walks y The Worms Can Carry Me to Heaven.

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Debió de ser en Escocia, en 1993, tal vez. Me la paso rebuscando libros en librerías de viejo. Así encontré publicadas por un arriesgado editor londinense traducciones de La vida breve y El astillero. La primera vez que leí El astillero, en inglés (no, no puedo leerlo en su idioma original), quedé perplejo. No podía comprender qué me pasaba, pero gradualmente la calma desesperación de esa novela, sus obsesivas repeticiones, la pobreza de Larsen, su regreso a la casa sobre los pilares con las pálidas estatuas del jardín, todo me perseguía y me impactaba. Releí esa novela una y otra y otra vez, y seguí leyendo su obra en traducciones. Tengo idea de que traduje alguna de sus novelas en los periódicos escoceses. Pero es difícil recordar con exactitud, ya que en esos tiempos siempre estaba borracho.

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Es literatura artística. Amo su estilo y su crueldad. Por sobre todo, su raro estilo. Hay muchos escritores que fuman. Pipas, cigarrillos, habanos, incluso sustancias más contraindicadas para la concentración mental. Juan Carlos Onetti fumaba cigarrillos. Hay una fotografía donde se lo ve tirado en la cama leyendo a Joseph Conrad. Creo que pasaba bastante tiempo en la cama. Lo que me parece acertado.
Menciono a los cigarrillos porque cuando uno escribe y fuma, los cigarrillos obligan a ciertas pausas. Uno se detiene para tirar la ceniza en el cenicero, se para a aspirar hasta el final de un cigarro y para encender otro mientras contemplamos cada oración todo el tiempo que sea necesario para lograr escribirla como queremos. Nuestras cavilaciones están pautadas por el largo de un cigarrillo. Estoy convencido de que cada oración de Onetti fue creada en lo que le llevaba fumar un solo cigarrillo entero. Acaso eso hubiese preocupado al doctor Díaz Grey, y acaso también sea matemáticamente imposible. Pero sus oraciones están construidas con la maestría y la furia asesina de sus personajes. Las oraciones de Onetti luchan con el espíritu del mismo modo en que Jacob peleó con el ángel. Y luego está esa feliz misantropía del mundo onettiano que siempre me encantó. Su obra no es venerada aquí como en otros lugares, lo que me da a mí un placer privado y perverso. Onetti perdió el tren de la moda en los sesenta en Estados Unidos y Gran Bretaña. Las traducciones hicieron famosos a García Márquez, Borges y Asturias (que desde entonces ha caído curiosamente en el olvido) y a Vargas Llosa. Onetti fue uno entre varios en los que no se reparó. Guimarães Rosa y Onetti, tal vez debido a la delicadeza y la complejidad de sus personales estilos, nunca alcanzaron una gran reputación en Inglaterra. Quizás el estilo de Onetti es demasiado esteticista, demasiado sensible al lenguaje y sus tramas no cumplen con el requisito de las vastas y abarcadoras sagas que pueden percibirse como exóticas desde Europa.

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Bueno, creo que somos escritores totalmente distintos. Y Onetti es mucho, mucho mejor escritor que yo. Él es un gran artista que ha construido a lo largo de toda una vida su lento mosaico de indiferencia. Muchas veces prefiero leer a escritores que escriben de un modo diametralmente opuesto al mío y sobre universos diferentes al mío. Aunque debo decir que por más lejos que Santa María se encuentre de mí, ha llegado a convertirse en un lugar muy real en mi imaginación. Y amo a Larsen;; será un bastardo, pero es un bastardo fascinante.
En 1997 dediqué mi novela These Demented Lands a Juan Carlos Onetti y Michael Ondaatje, que es mi amigo;; porque sus obras me ayudaron mucho en ese entonces.
A veces ocurre que la sensibilidad de un escritor nos influye, aunque lo específicamente literario de su obra no lo haga. Es la razón de que podamos apreciar la literatura antigua. O sin ir tan lejos, una novela del siglo XIX, como el Adolfo, de Benjamin Constant, que es tan francés y pinta un mundo que ha desaparecido para siempre. Aun así todavía hoy sentimos que esta novela nos habla del amor tan acuciosamente como cualquier otra novela.

Fuente: BRECHA

Cien años de Onetti

Entrevista a Onetti