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CULTURA

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un pintor en su quehacer

 

(Testimonio y reflexiones)

 

por Luis Morado

 


 

    Comencé a vincularme con la pintura a través del teatro, aunque esto pueda resultar, para algunos, extraño. Venía dibujando y pintando por mi cuenta. Me atraía todo aquello que estuviera ligado a la pintura. A mediados de los ´70 formé parte de un proyecto llamado “Núcleo Cultural Alternativo”. Editábamos una revista: “Cultura”, que nos permitía vivir y dedicarnos al teatro. Paralelamente, crecía, cada vez más, mi interés por la pintura. Así, comencé a entrevistar a distintos plásticos con la idea de suscribirlos a la revista pero también con un interés muy particular mío.

    Héctor Giuffré y Antonio Berni son quienes más recuerdo de esa época. A Giuffré le mostré algunos dibujos y pequeñas pinturas muy influenciadas por el surrealismo. Es él quien me animó a seguir pintando. También tuve el privilegio de conocer a Berni, recuerdo que vivía sobre la calle Lezica en el barrio de Almagro; siempre admiré su obra, en especial sus grabados. Cuando nos encontramos, él pintaba en su caballete. Me pidió que le comentara acerca del proyecto teatral. Mientras le respondía con lujo de detalles, mis ojos se escapaban hacia unos cuadros de gran formato que tenía apoyados contra la pared del taller. Todavía me parece estar viendo unas cacerolas color plomizo.

    Más tarde, me desvinculé del proyecto teatral y comencé a tomar clases en el taller de Giuffré. Mis primeras clases fueron de dibujo, con un profesor de apellido Aguiar. Estuve casi como un año con un lápiz y una goma dibujando naturalezas muertas. Buscando y delimitando incesantemente luces y sombras. Era muy interesante trabajar el claroscuro, pero ya estaba ansioso por ver color.

    En esa época yo trabajaba en una agencia de quiniela. Lo único valioso de ese trabajo fue que me dio la oportunidad de conocer a quien considero mi maestro, Roberto Duarte. Roberto solía venir a jugar unos números y no sé todavía cómo empezamos a charlar de pintura. Al poco tiempo empecé a tomar clases con él.

    Hace poco pude apreciar en el Sívori obra suya que no conocía. Entre ellas una  sobre los vuelos de la muerte y la desaparición. Era el trabajo de alguien comprometido con el hacer y el sentir. Siempre me impactó su obra, era un apasionado del color y supo trasmitirme su pasión hacia el arte. Corrían tiempos difíciles, estaba la dictadura militar.

    Junto a Duarte comencé a hacer mis primeros grabados. Con él se inició mi interés por lo impreso, que pude desarrollar posteriormente en La Habana. Viajé a Cuba con mi esposa y mis hijos en el ’84. En ese año ingresé en la Escuela de Arte “San Alejandro”. Recuerdo que cuando regresé a la Argentina pude ver nuevamente a Duarte.  Él  tuvo la amabilidad de ir a algunas de mis muestras, intercambiamos serigrafías, estaba muy contento con una, impresa en la galería Praxis. Con su muerte la plástica nacional perdió un gran maestro. Aún hoy, para mí, no tiene el reconocimiento que merece. Siempre voy a recordar sus primeras indicaciones, con las cuales empecé a hacer los primeros grabados.

    En 1983, el 20 de octubre, día de la cultura en Cuba, se inauguró el “Taller Experimental de Serigrafía” que pertenece al Fondo Cubano de Bienes Culturales. René Portocarrero, uno de los grandes maestros de la pintura cubana, solía concurrir al taller y lo alentaba confiándole la impresión de sus obras más complejas. Por esta razón, después de su muerte se decide ponerle al taller su nombre.

    Cuando comencé a trabajar, ya el taller tenía el nombre del maestro Portocarrero. Su director, en ese entonces, era Aldo Menéndez, un plástico simpático, con mucho empuje. En ese momento se realizó la mudanza del Taller a un local mucho más grande, situado al lado del anterior y que sería el lugar definitivo. Allí se encuentra hoy, en  la calle Cuba 513. En ese momento de cambio, todos nos abocamos a refaccionar y pintar la nueva sede, subidos en andamios y transformados en virtuales obreros.

    El taller estaba compuesto por jóvenes artistas y estudiantes de arte, que fueron asumiendo la tarea de dibujantes, impresores y editores. Si bien cursaba en San Alejandro, poco sabía aún acerca de la serigrafía, pero sentía un creciente interés por lo gráfico, por lo impreso. Fue muy importante la experiencia que aportaron algunos plásticos del taller. La enseñanza teórica que nos brindó el serígrafo español Antonio Sánchez acompañó nuestra formación cotidiana a pie de máquina, al sortear las dificultades que cada obra nos planteaba.

    Durante esa experiencia, participé en distintos encuentros internacionales de serigrafía. Allí concurrían importantes artistas para imprimir sus obras. Estuvieron plásticos de la talla de Canogar, Kossu, Gabarrón, Capelán, Le Parc, Mimo Rotella, Rufino de Mingo, y muchos otros que ahora no recuerdo.

    Si hablamos de los antecedentes que precedieron a la creación del taller, no puedo dejar de mencionar la importancia y el reconocimiento internacional adquirido por los carteles serigráficos que promocionaban la obra cinematográfica cubana. Éstos eran realizados con medios bastante artesanales si los comparamos con los que contaba el taller “René Portocarrero”. Tenía también un magnífico laboratorio fotográfico, en el que se desempeñó el excelente fotógrafo chileno Gonzalo Vidal.

    En Cuba, durante las décadas del '60 y '70, son aislados los casos de obra artística realizada en serigrafía. En los años 80, como resultado de la demanda originada por la propia política de la revolución, se requirió una apropiada ambientación para hospitales, industrias, escuelas, centros turísticos y casas de cultura.

    Si lo comparamos con la obra única, el original serigráfico es más económico y además brinda la posibilidad de poder realizar grandes tiradas. Cabe aclarar que el original serigráfico no refiere a una reproducción de la obra artística sino que es el propio artista quien al participar de esa impresión la convierte en original. La experiencia del Taller fue muy significativa para mí. Como organización colectiva de producción artística constituye una experiencia de amplio valor cultural que sería interesante conocer y compartir.

    Al finalizar mis estudios en San Alejandro presenté mi tesis de graduación “Objetos Humanos”, que significó la culminación de un ciclo. Presenté obras de gran tamaño hechas con una técnica muy especial, diluía cera de abeja y la mezclaba con óleo. Como primer paso aplicaba diferentes capas de color, después empezaba a raspar, sacar materia y con una espátula esgrafiaba la superficie. El peso de estas obras sobre masonite era fenomenal y el enchastre que formaba también, pero el resultado y las texturas que lograba valían la pena. Nunca volví a utilizar después esta técnica que me enseñó el plástico cubano Nelson Villalobos. Además de estos trabajos que realicé para mi tesis pude “tirar” obras mías en serigrafía. Mi tutor fue Luis Reyna, lo elegí por su visión crítica y por la admiración que me despierta su obra.

    Al tiempo de finalizar mi tesis sentí que un ciclo se había cumplido. Extrañábamos… Cortázar decía que la Argentina es un país para extrañar, no para vivir. Será quizá por eso que la nostalgia nos trajo de vuelta y acá estamos, acá estoy.

    Sobre mi forma de trabajar actual, en el taller tengo una caja de cartón donde guardo todas las cosas que me llaman la atención, como una mancha sobre una cartulina, por ejemplo, o cualquier cosa que puede actuar como disparador de una futura creación. Me gusta experimentar, me llevo mejor con los papeles y las cartulinas que con los lienzos. Me interesa la figuración. A veces anoto ideas o proyectos, algunos fructifican como una caja con postales, o el libro Los sueños, editado junto al poeta Alberto a. Arias, o recientemente la carpetaGrabados, con textos de Beatriz Pustilnik.

    Frente a una cartulina o un lienzo nunca sé lo que puede suceder de antemano, diría que es como descubrir imágenes en una nube. Leonardo decía que éste era un ejercicio muy bueno para estimular la imaginación... Para mí el arte trabaja sobre lo trascendente, el arte rompe con las formas y los sentidos establecidos. Se adentra en los temas esenciales del hombre, el amor, la vida, la muerte. Y por ello, nos propone un riesgo.

 

(diciembre 2008)

 

Luis Morado



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000.064 • (En "Artes, ciencias, quehaceres" desde 14.03.2009)

"Un pintor en su quehacer (Testimonio y reflexiones)"

por: Luis Morado


 

  
N°192---4/11/2011