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MUJER

Campesinas marcan el paso, ¿las seguirá el mundo? – Parte 1
Por corresponsales de IPS

 

Campesinas limpian un terreno abandonado por la sequía en la aldea de Nachol, en el norte de Bangladesh. / Crédito:Naimul Haq/IPS
Campesinas limpian un terreno abandonado por la sequía en la aldea de Nachol, en el norte de Bangladesh.


ANANTAPUR, India/BARIND TRACT, Bangladesh, 29 feb (IPS) - La agricultura es el sustento de unos 1.300 millones de pequeños agricultores y trabajadores sin tierra en el mundo, y 43 por ciento son mujeres.

La gran mayoría de esas 560 millones de mujeres viven al límite, y hasta los cambios ambientales más pequeños pueden conducirlas al hambre crónica y la miseria. 

Ante las consecuencias sin precedentes del cambio climático, como la generalizada inseguridad alimentaria de 2011 y este año en varias regiones del mundo, las campesinas son en extremo vulnerables e ignoradas por sus gobiernos y otras autoridades encargadas de diseñar estrategias para erradicar el hambre y la pobreza. 

En este contexto, la 56 sesión de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW por sus siglas en inglés), que sesiona desde el 27 de este mes hasta el 9 de marzo en la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, ha puesto en lugar prioritario el empoderamiento de las campesinas. 

Si las campesinas tuvieran un acceso equitativo a los insumos, su rendimiento aumentaría entre 20 y 30 por ciento, y se elevaría la producción agrícola del Sur en desarrollo de tal modo que entre 100 y 150 millones de personas dejarían de pasar hambre, reza un comunicado de prensa divulgado el jueves 23 por ONU Mujeres (http://www.unwomen.org/es/). 

La CSW se propuso este año analizar el "empoderamiento de mujeres rurales y su papel en la erradicación de la pobreza y el hambre, el desarrollo sustentable y los desafíos actuales, y acordará medidas urgentes para marcar una diferencia en la vida de millones de campesinas". 

Resistiendo a la sequía a escala local 

Mosammet Rini-Ara Begum muestra con orgullo un montón de arroz guardado en un cobertizo de lata provisorio ubicado en el jardín de su casa, en la noroccidental región árida de Barind Tract, en Bangladesh. 

"Es la tercera vez que tengo una cosecha tan buena a pesar de la sequía", comenta la mujer de 34 años y madre de tres hijos, mientras abre la cerca de bambú de su pequeño almacén y los granos de arroz hervido que resplandecen al sol. 

Hace varios años, miles de agricultores de esta región de 7.500 kilómetros cuadrados abandonaron la producción, en especial de arroz y trigo, debido al calor y a las sequías inusuales. 

Asesorados por especialistas en cultivos resistentes a esas condiciones climáticas, Rini y su esposo cultivaron una nueva variedad, conocida como BRRI-56, que tolera bien el exceso de calor y la escasez de agua. 

A diferencia de otras variedades que necesitan lluvia inmediata después de la siembra, la BRRI-56 crece sin agua durante varias semanas. También sobrevive al calor excesivo, que en esta región suele alcanzar los 50 grados entre julio y noviembre, cuando madura el grano. 

"Ofrecemos todo tipo de apoyo a los agricultores, en especial a las mujeres pobres, que suelen necesitar asesoramiento profesional y la demostración de los logros obtenidos por sus pares", explicó Mujibor Rahman, líder del Club de Gestión Integrada de Pesticidas, una red de agricultores locales del distrito bangladesí de Chapainawabganj. 

"Hay riesgos meteorológicos cuando se cultiva en condiciones extremas. Pero como tenemos suficiente conocimiento en materia de adaptación, estamos listas para asumir cualquier desafío", dijo a IPS la agricultora Joynab Banu, de 32 años, del distrito de Rajshahi. 

La agricultura representa 36 por ciento del producto interno bruto de Bangladesh y emplea a aproximadamente 60 por ciento de la fuerza de trabajo. El arroz cubre 75 por ciento de las tierras agrícolas del país, la mayoría en la zona noroccidental. 

Con una mayor conciencia sobre la resiliencia climática, más mujeres, en especial campesinas sin tierra, viudas, divorciadas y otras en situación de aislamiento en el noroeste de Bangladesh, trabajan en tierras abandonadas para contribuir a la producción y a la seguridad alimentaria. 

Mujeres encabezan cultivos "orgánicos" 

La región de Anantapur, en el sureño estado indio de Andhra Pradesh, es árida, carece de árboles y tiene un pobre suelo rojo. La escasez de lluvia, unos 553 milímetros al año, la convierten en el segundo distrito del país más vulnerable a las sequías. 

Las imprevisibles lluvias monzónicas, por un lado, y la escasez de precipitaciones, por otro, atribuidas al cambio climático, dejaron malas cosechas año tras año, y a principios de 2000 eran miles los agricultores endeudados que se habían suicidado. 

La desesperación y la creciente producción por contrato (http://www.fao.org/ag/ags/contract-farming/index-cf/es/) entre productores y agroempresas llevaron a una dependencia insostenible de fertilizantes químicos, creando suelos cada vez más necesitados de agua, un recurso escaso, y disparando los costos de producción. 

Pero en la localidad de Singanamala, una subdivisión administrativa rural de Anantapur, campesinas como Ramadevi, de 41 años, Lingamma, de 38, y Katamayya, de 41, decidieron volver a los pesticidas y fertilizantes orgánicos y, desde entonces, lograron importantes ahorros. 

Nagamanamma, de 31 años, también se pasó a la agricultura orgánica en 2009 en un predio arrendado que no llega a una hectárea. 

"Opté por la agricultura orgánica por una razón: requería trabajo familiar y no el tipo de inversión que demanda el cultivo con químicos", dijo a IPS. 

El primer año elevó su producción de cacahuetes, plantada en la mitad del terreno, de siete a 15 sacos de 42 kilogramos, y redujo sus costos de 40 a 12 dólares. 

En esta región son comunes los ataques de gusanos rojos peludos a las plantaciones de sandía, colocadas junto a la de cacahuetes. 

Antes, las mujeres debían pagar 40 dólares por una dosis de 80 milímetros de un pesticida químico concentrado, pero los insumos orgánicos redujeron el costo a menos de la décima parte. 

Con semillas de nim, recolectadas en la selva vecina, se elabora un pesticida que cuesta solo 10 dólares la bolsa de 50 kilogramos. 

Los beneficios de la agricultura orgánica llegaron hasta los campesinos sin tierra. Un grupo de recolectores, de pequeños agricultores y de mujeres de 10 aldeas vecinas mantienen la Cooperativa de Productores de Singanamala, que elabora pesticidas orgánicos. 

Con ayuda de una organización no gubernamental instalaron una máquina para pulverizar las semillas. Antes, los comerciantes locales explotaban a las recolectoras de semillas, pero ahora se comparten los beneficios de forma equitativa. 

Las mujeres encabezan la marcha hacia un futuro orgánico más justo. La pregunta para los gobiernos y la comunidad internacional, incluida la CSW, es si el mundo las seguirá, o no. 

* Con aportes de Naimul Haq (Barind Tract, Bangladesh) y Manipadma Jena (Anantapur, India). 

* Este es el primero de dos artículos sobre mujeres rurales, cambio climático y seguridad alimentaria

 


 

 

“Los escritores, si escribimos con honestidad, lentamente, podemos ir transformando el terreno”

Carmen Corredor
Periodismo Humano

Esta escritora ha sido una defensora incansable de la abolición del apartheid. Ha sido la séptima mujer que ha recibido el Premio Nobel de Literatura


Hija de emigrantes judíos, en su adolescencia tomó conciencia de la realidad social de su país. Empezó a escribir muy joven y, al tiempo, se hizo militante del entonces clandestino Congreso Nacional Africano (ANC). Defensora incansable de la abolición del apartheid, es la séptima mujer que ha recibido el Premio Nobel de Literatura.

Maureen y Bam Smales, contrarios al racismo y conscientes de la injusticia de sus privilegios, se han esforzado siempre por tratar en grado de igualdad a July su criado negro. Pero estalla una revuelta y los Smales, refugiados en la aldea de July, dejan de ser sus amos para convertirse en sus huéspedes, ¿o tal vez en sus prisioneros?

Como el resto de los personajes que durante más de cincuenta años ha dibujado Nadine Gordimer, los protagonistas de La gente de July (1981), una de sus mejores novelas, presentan al lector un dilema crucial. Deben tomar partido en una sociedad dominada por la violencia, el racismo y la desigualdad.

En su obra esta escritora minuciosa y valiente denuncia, desde la interioridad de sus personajes, la segregación racial que durante tanto tiempo ha penetrado todos los rincones de la vida cotidiana surafricana. Escribe sobre la realidad social y el modo en que la política zarandea la vida del ciudadano y desbarata su universo personal.

Durante su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1991, aseguró que su auténtica escuela fue la biblioteca pública de Springs, el pueblo donde nació. Un lugar prohibido para negros. “Tardé en caer en la cuenta de que si mi piel hubiera sido oscura, no podría haber sido escritora”. Y definió la que, a su juicio, debe ser la responsabilidad del narrador: “El escritor no resuelve los problemas pero tiene una posibilidad de hacerlo, si no da la espalda a su realidad social”.

El gran galardón de la Academia sueca no podía haber venido en mejor momento para la escritora. En Suráfrica había empezado el proceso de supresión de la segregación racial y su gran amigo Nelson Mandela había sido puesto en libertad unos meses antes. Gordimer fue unas de las primeras personas que el dirigente del Congreso Nacional Africano había querido ver al salir de prisión.

En ese momento, esta mujer enjuta y decidida tenía una larga experiencia como luchadora antiapartheid y miembro del Congreso Nacional Africano en la clandestinidad. Fueron tiempos duros en los que algunas de sus novelas —entre ellas, La hija de Burger o Un mundo de extraños— y una antología fueron prohibidas o censuradas. Pero ni en los peores momentos dejó de levantar la voz contra la injusticia y siguió escribiendo como si la censura no existiese. “En los países donde la represión prevalece, el escritor no debe censurarse a sí mismo, ni darse por vencido”, dijo. “Hay cosas que escribes y guardas en un cajón, porque la censura no va a durar eternamente”.

Eran también aquellos tiempos en que, junto a su marido, escondía negros en su casa, o les ayudaba a cruzar la frontera. Pero a Gordimer no le gusta hacer publicidad de estos hechos. Discreta hasta el extremo ha asegurado: “Nunca escribiré una autobiografía”. Cuatro años después de recibir el Nobel, cuando Mandela fue elegido presidente en las primeras elecciones multirraciales de la historia de Suráfrica, el Congreso Nacional Africano la propuso como parlamentaria. “Me conmovieron, pero siempre supe que no tenía carácter para ser política. Recordé a una amiga escritora, que después de haber participado en el Parlamento, nunca más volvió a escribir nada bueno”.

El arte, en este caso la literatura, es su territorio. Y es a través de sus personajes como toma partido tanto en la esfera pública como en la privada. Una constante de su obra es la búsqueda de la verdad. “Las historias literarias no sólo muestran la opresión, sino que aluden a los sentimientos y a cómo la gente enfrenta esta realidad. El lector generalmente entiende y simpatiza con los personajes, y es posible que pueda influir en su Gobierno para presionar y generar cambios. Un ejemplo de esto sucedió con Barclay’s Bank. Los miembros de los grupos contra el apartheid aprovecharon para hacer saber a los accionistas que sus bancos en Suráfrica eran cómplices de las políticas racistas: los empleados sólo podían ser blancos y jamás un negro podía ser acreedor de un préstamo. Tuvieron influencia y se impusieron restricciones y sanciones financieras”.

Y continúa diciendo: “Los escritores, si escribimos con honestidad, lentamente podemos ir transformando el terreno. Y obviamente hablo de escribir literatura y no propaganda, porque, aunque ésta implique una causa justa, siempre sonará falsa a los ojos del lector. Cualquier revolucionario, por más valiente o maravilloso que sea, es un ser humano con virtudes y debilidades, y sólo la literatura puede resquebrajar su aureola de santo”.

En la nueva Suráfrica, Gordimer mantiene su compromiso. “Ha desaparecido el apartheid, pero la situación es problemática”, asegura. “La globalización ha fracasado, hay problemas económicos y violencia”. Y ella sigue ofreciendo la visión crítica de esos cambios. Se ha involucrado, por ejemplo, en campañas contra el sida, para la que veintiún escritores, entre ellos, Kenzaburo Oé, Susan Sontag o Günter Grass, escribieron una antología de cuentos.

Ya octogenaria, afirma que se siente orgullosa de haber vivido lo suficiente para ver el cambio en su país. “Soy blanca y africana”, dice a menudo. “En los años ochenta, mi esposo y yo llegamos a creer que vendría una guerra civil, que acabaríamos asesinados. Pero nos quedamos. Hoy, hay problemas, no lo niego, pero comparto el espacio con una mayoría negra. Hay blancos que huyeron a Canadá o Australia para no ver esto”. “Los escritores son importantes porque tienen que ser capaces de analizar los problemas”, concluye, rotunda.

 

 

 

 

   
N°208---09/03/2012