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David Viñas: Literatura y dictadura

Publicado el 23 octubre, 2013

 

Autor: Mariano Pacheco

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Publicada en 1979 por Siglo XXI editores, impresa en México D.F, escrita en el largo exilio, Cuerpo a cuerpo, de David Viñas, no trata, sin embargo, sobre el exilio. Tal como puede leerse en la contratapa de la primera edición, esta novela surge, eso sí, de la pasión, del horror, de la ira del exilio. Es un intento desesperado por dar cuenta de un tiempo desgarrado por el sin tiempo que se vive en los campos clandestinos de detención-exterminio que, desde el 24 de marzo de 1976, funcionan sistemáticamente en todo el país.

Tal vez podamos pensar Cuerpo a Cuerpo como una novela post-sartreana. Y esto, en un doble sentido. Por un lado, porque se encuentra un paso más allá de las “retotalizaciones” del Jean Paul Sartre de la Crítica de la razón dialéctica –a las que el propio Viñas adscribió durante años–, ya que la construcción formal de este texto se caracteriza por los fragmentos constitutivos de cada parte y por los nuevos sentidos que adquieren a partir de lo que Aníbal Jarkowski denominó “cocedura por la sintaxis” (“sobrevivientes en una guerra: enviando tarjetas postales”). De todos modos, así como Cuerpo a cuerpo no admite ser clasificada como “novela del exilio”, tampoco es posible inscribirla dentro de las “novelas fragmentarias”, ya que la modalidad fragmentaria se articula en este caso dentro de una lógica organizativa que corresponde con su propia originalidad. De allí que se constituya como un texto inconfundible e inimitable. “La transgresión máxima de las normas –insiste Jarkowski– produce una crispada organización del lenguaje, que llega en algunos casos a tornar ilegible el texto”. ¿Es posible, teniendo en cuenta la experiencia colectiva –la carnicería– que se vive en el país, y la experiencia íntima de contar con un hijo muerto, articular un relato que no transmita las marcas del matadero sobre los cuerpos? Evidentemente no. Y de ahí que, más allá de la violencia de los contenidos, la violencia sea transmitida al lector, también, a través del lenguaje. Eso, decía, por un lado.

Por otro lado, la novela es post-sartreana porque –habiendo comprendido y encarnado el “compromiso” de la escritura– Viñas, como decenas de intelectuales en la época, se lanzaron a la batalla siguiendo los postulados del Sartre de ¿Qué es la literatura? Se han lanzado a la batalla sí, y han sido aplastados, junto a decenas de trabajadores, profesionales y estudiantes –en su gran mayoría jóvenes, como los propios hijos y una nuera de Viñas– por el poder terrorista del Estado.

¿Cómo situarse entonces? ¿Qué hacer luego de un período de luchas como el experimentado por los sectores populares en nuestro país entre 1969 y 1976? Viñas, y muchos de sus “compañeros de ruta”, decidieron volcar su escritura primero y su propio cuerpo después, junto a las luchas del pueblo por su liberación. Aun tomando las armas –como también el propio Sartre había advertido que en determinadas circunstancias sucedería–. Las consecuencias son conocidas. Muchos de ellos, además, tuvieron que padecer el hecho de ver cómo le arrancaban la vida a las generaciones más jóvenes (a sus propios hijos) que, en muchos casos, se incorporaron a la lucha luego de leer y admirar sus textos.

Sin embargo, y a pesar del dolor, del exilio, quienes sobrevivieron al horror (al terror), continuaron escribiendo. Cuerpo a cuerpo es un claro ejemplo –entre varios otros– de confluencia entre la pluma y la espada.

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Aníbal Jarkowski –en el ya mencionado texto– ha sido uno de los pocos críticos que se detuvo en un análisis minucioso de este libro. Ha incluido a la novela de Viñas dentro de lo que se denomina como “ficciones beligerantes”. Dice: “Cuerpo a Cuerpo, posicionada junto con las víctimas, no se aplica a representarlas en su muerte; sino que, desde un lugar de sobrevivencia, insiste en agraviar al enemigo reconstruyéndolo material, minuciosa, obsesivamente, en la certidumbre de que esa reconstrucción de la verdad del adversario será el más eficaz y necesario uso de la ficción. Es su forma de participación en aquel momento de la guerra que atraviesa y define a la sociedad argentina”.

Polémico, el concepto de guerra ha recorrido todos los análisis y postulados de la militancia revolucionaria de esas décadas. Y ha sido el concepto bastardeado por las “democracias de la derrota”. En el caso argentino, la derrota humillante del país frente a Gran Bretaña, en la “Guerra de Malvinas”, se suma a la condena social que el término tuvo en boca de esos mismos militares argentinos que, cobardes e ineptos para llevar adelante una “guerra limpia”, se vanagloriaban sin embargo de sus destrezas para implantar en suelo nacional, contra sus propios compatriotas, la “guerra sucia”. Por las asimetrías de poder entre los bandos enfrentados –la maquinaria terrorista del Estado Militar, incluyendo la poderosa alianza civil sobre la que se sostenía, y el de los sectores populares en lucha, incluyendo sus “organizaciones armadas”–, en parte, pero en gran medida por la “operación de victimización” que el “alfonsinismo” –y la “clase política” en general–, el “sindicalismo sobreviviente”, las “empresas periodísticas”, los “intelectuales travestidos” y gran parte de la sociedad realizaron sobre la figura de la militancia de la década anterior, la idea de que el conflicto social sostenido durante dos décadas había desembocado en un enfrentamiento que se encontraba a las puertas de una guerra civil comenzó a ser borrado del horizonte de los debates de la época. Ernesto Sábato, su prólogo al Informe de la CONADEP y la consigna progresista de Nunca más completaron el cuadro que incluía a la idea de guerra junto con la de demonios, desconociendo la máxima foucoltiana de que aun en tiempos de paz estamos en guerra los unos contra los otros, porque un frente de batalla atraviesa toda la sociedad, continua y permanentemente, poniendo a cada uno de nosotros en un campo o en otro. Acorde con los tiempos consensuales, la afirmación de que “no existe un sujeto neutral”, porque siempre, necesariamente, “somos el adversario de alguien”, sostenida por Michel Foucault en La guerra en la filigrana de la paz, fue descartada durante mucho tiempo, a pesar de que fue en esos años que los “académicos progresistas” instalaron en el país la “moda Foucault”.

El psicoanalista argentino Jorge Jikis, reflexionando sobre estos temas, ha destacado en uno de sus ensayos (“Inclemencias”), recopilados en su libro Violencias de la memoria, que aunque los militares hayan usado la palabra “guerra” para justificar una matanza que tuvo una amplia masa de civiles cómplices, “no me parece que haya que evitar esa palabra: hubo una guerra aunque también haya sido una matanza”. Reconocerlo –insiste– no empareja “bandos” ni iguala nada con nada. Y remata: “¿No hay algo de los vencidos, de su identidad singular y contradictoria, que se pierde al esquivar esa palabra?”.

En este sentido, el Nunca más no es pronunciado sólo respecto del “Terrorismo de Estado”, sino también del deseo revolucionario. Considerado totalitario, ese deseo, esas las apuestas de transformación revolucionaria de la sociedad, son colocadas en el lugar del Otro Terrorismo. Así, la fórmula “recordar para no repetir” –señala Eduardo Grüner en el prólogo al libro de Jikins–, no es sólo una mala teoría de la repetición –ya que al poder no le interesa solamente reprimir, sino y sobre todo producir–, esa fórmula oculta detrás del Nunca más, dicha desde el poder, puede ser también –y sobre todo– una amenaza: “Recuerden que ya sucedió una vez, no vaya a ser que les suceda de nuevo”.

Pasado del trauma, presente del síntoma, y severa advertencia hacia el futuro.

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Esa violencia –la de los sectores de poder sobre los de abajo– que utilizando un término viñesco podríamos caracterizar como constantes con variaciones, esa violencia Estatal y paraestatal que los poderes (empresariales, militares, periodísticos, religiosos…) desataron contra el indio, el gaucho, el negro, el proletario, según los momentos, es una invariable de la narrativa de Viñas. Esa historia de la violencia oligárquica, destacó Piglia, es también la historia de su revés: la de las víctimas, abordada por Viñas con ingenio en casi todos sus libros (“Viñas y la violencia oligárquica”, La argentina en pedazo). En este caso, nos enfrentamos a una novela de casi 500 páginas, en la cual se reconstruye gran parte de esa historia política nacional: desde los inmigrantes que vinieron a poblarlo, hasta el asalto al poder por parte de la Junta de Comandantes. Condensado a través del relato de la historia familiar de uno de los personajes (el Teniente General de la Nación Alejandro Cláns Mendiburu),  podemos ver cifrados 100 años de historia argentina. Años marcados por la violencia creciente, que se transforma en el hilo conductor de las historias y temporalidades presentes en el texto.

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Ficción beligerante, entonces, ya que tanto el título como el contenido y la forma del texto presentan una modalidad en la guerra entre las clases. Modalidad que se “corre” de las batallas convencionales para dar cuenta de un tipo de enfrentamiento que involucra a la sociedad civil y se da en medio de la confusión y el acortamiento de las distancias. Varios casos ejemplifican esto en la novela. Por un lado, cuando El Payo remarca ese pasaje del escenario de la guerra desde la selva hacia la ciudad (“Buenos Aires, Santiago, Janeiro). “Ahora –insiste– la guerra es a muerte, cuerpo a cuerpo. Y nadie puede declararse a-político, a-militar. Matar o morir. Nosotros. Yo. Los que están de nuestro lado. O los que golpean enfrente”. Por otro lado, cuando Mendiburu hace referencia al Facundo de Sarmiento. Y a su subtítulo: “civilización o barbarie”. Y dice: “esa es nuestra guerra. De nuevo. Puesta al día… Y las fronteras de hoy tienen nombres de calles… Blanco o negro. Matarlos o que ellos se hagan cargo de todo”. También cuando en uno de sus cumpleaños, su mujer Elvira le regala una medalla de la Batalla de Ayacucho (acontecida el 24 de diciembre de 1824). Él le agradece y dice: “entonces el enemigo era claro, estaba con otro uniforme, del otro lado. No como ahora, todos mezclados”. Y por último, en un momento en que Mendiburu se encuentra con varios militares de distintos países (se supone que en Panamá), y discuten sobre la guerra entre Israel y Egipto. El Payo interviene para situar el debate. Y exclama: “Yo; aquí. América. Y bien recortada… Porque si hablamos de guerra, seamos serios y pensemos en las que pueden sernos útiles. Por así decir. Dos: Vietnam y Argelia”. “Guerras sucias” –remarca–. “Mugrientas. Así son las nuestras. Y escribió en el pizarrón. Guerras policiales…. Logística mesturada con perros violadores, delaciones, rastrillajes en villas miserias… guerra hedionda. Pero eso es lo que nos tocó. La nuestra. Sin tregua de Dios, sin clarinetes, sin asco… con mierda criolla y hasta el cogote. Con algunas diferencias. Digo con respecto a Argelia y Vietnam”.

De estas líneas se desprende con claridad que el propio texto sea comprendido como una modalidad más del combate y no como “representación” de éste. De allí, también, que por más que Viñas trabaje con la realidad política del país, no pueda inscribirse esta novela en los parámetros del realismo convencional: sus vínculos con lo real se dan a partir de una relación de tensión y de mezcla de registros ficcionales, ya que no es, en sentido estricto, un texto testimonial o de denuncia, aunque por supuesto, denuncia y da testimonio, pero siempre en el marco de la narratividad y los procedimientos ficcionales.

Tal vez haya sido esta violencia creciente, presente en el texto, la que ha llevado a Guillermo Saccomanno (“Poner el cuerpo”) a decir que esta novela debía ser leída bajo el iceberg de un tironeo violento (donde la acción y las palabras confluyen, luchan y se enturbian), “porque si hay un rasgo que define la literatura de Viñas (tal como él definió la literatura argentina a partir de Echeverría) es la violencia. La violencia de lo económico, lo ideológico, lo político, y ahí está lo nodal de su obra: en los cuerpos violados”. Algo similar a lo expresado por Ricardo Piglia en el texto mencionado, quien destacó que, en Viñas, la muerte se sexualiza y la dominación se marca en la carne. “Los dueños de la tierra son también dueños de los cuerpos”. Y de las subjetividades –podríamos agregar, siguiendo las enseñanzas del psicoanálisis– ya que los cuerpos no son sólo un componente orgánico, sino un entramado orgánico, psíquico y cultural.

Subjetividad en riesgo, asediada ya no por las marcas sobre los cuerpos, sino por las sombras, los fantasmas, las huellas del Proceso que no dejan de operar en esta democracia signada por la derrota de los proyectos revolucionarios.

Mariano Pacheco: Periodista, escritor y tallerista. Autor de Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo (Planeta, 2012), De Cutral Có a Puente Pueyrredón, una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (El Colectivo, 2010)y Kamchatka, ensayos sobre política y cultura . Soy redactor del sitio web www.marcha.org.ar y de la Revista Sudestada. He colaborado en las revistas Rumbos, Inrockuptibles, Deodoro, La pulseada, Acontecimiento, Herramienta, El río sin orillas. También he cursado estudios en las carreras de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. cronicasmenores@gmail.com Facebook: mariano pacheco-crónicas menores.

Gracias Mariano por cedernos gentilmente este articulo para Viento del Sur.

 

Fuente: http://www.revistavientodelsur.com.ar

 

 

 

 

 

       

 

 

  

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N°298--24/01/2014