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Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

(Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.) 
                                     

Juan Gelman “Epitafio”, primer poema de su primer libro, Violín y otras cuestiones- Pagina12, Argentina

 

“La tierra pule huesos que el tiempo roba sin retorno”. J. Gelman

Hoy mismo.
Hoy por hoy.

Los desaparecidos,  desaparecidos están.
Los asesinados, asesinados están.
Los impunes identificados, identificados están.
Las cárceles, cárceles son, llenas de sombras dolidas.
Los estados siguen su trayecto preservador genocida. Arrasando territorios, vidas. Sus tropas siguen devastando. Y en Ayití se resiste para no morir de cólera, sed y hambre.

Hoy por hoy un niño palestino sigue acurrucado tras su honda enfrenando los tanques.
Hoy mismo millones de seres humanos no reaccionamos y vamos encadenados al martirio de una vida que quita la vida.  
Hoy por hoy un grito de  libertad recorre las tierras vascas cada vez más fuerte. Hoy mismo un rugido de justicia abraza a los presos/as de las miserables cárceles griegas.   
Y hoy ha muerto Juan. El poeta. El padre. El decidor. El abuelo de Macarena. El hombre. ¡Tantas viejas locas danzaran por ahí, arrullando, buscando lo que no encontraron: justicia!
Ante su partida me nace una reflexión, cada vez que leo a Miguel Hernández o a Gelman, me desvelo, me intriga como el dolor de los padres no fue visibilizado. Seguro que hay padres que fueron la excepción. Pero cuando se generaron espacios de lucha para buscarlos fueron las mujeres las protagonistas, aún en los nombres de las organizaciones se explicita; Madres de, Abuelas de. Si hay madres y abuelas hay padres y abuelos. Por  lo menos notoriamente, la cultura dominante de la lucha por los derechos humanos careció de voces paternas poderosas que reclamaran y expresaran sin duda el terror vivido.
La mayoría de los padres ¿pudieron decir? ¿Sus voces omitidas por qué? Seguro no tuvo que ver solo con los medios de comunicación. Seguro tuvo que ver con otros candados, con hilos afectivos, culturales. Con prejuicios y tabúes.
Los hombres escribieron y hablaron de otros aspectos de la historia, tal vez ahí las mujeres permitimos que nos invisibilizaran, la opinión y valoración política ideológica  de la derrota tuvo más hombres como voceros. Y los DDHH quedaron como “separados” aunque esta lucha no solo sostuvo los principios y objetivos sino que los mantuvo y mantiene vivos agitándolos en cada acto de denuncia y condena social.   
¿Cuantos blindajes impiden abordar la realidad, el sentir como un todo?
Claro que conocemos a amados compañeros, hermanos, padres y a la organización Hijos, pero cuando matan, asesinan, desaparecen el rostro de la denuncia tiene por lo general, cara de mujer. Nace esta reflexión porque el dolor “tizna cuando estalla” como lo dijo Miguel Hernández, pero mejor tiznarnos, porque el silencio debe estallar  y seguro nos implosiona.    
Alguno de los queridos compañeros que andan por el mundo nos dirán como fue, como es…el vínculo con el dolor de la desaparición, con la tortura vivida. En esta zona del sentir, del desear, del sufrir se pronuncia, se expresa, se explicita con la carga de roles dominantes en la sociedad.
El silencio, el mutismo, ¿habita más en los hombres?
Juan encontró la musa de las palabras para hacerlo desde la sensibilidad del poeta. Me invito, nos  invito a leerlo. Así habrán miles de rincones donde se quedará Juan para seguir luchando. Ayudando a tirar los empalizados dolores de los cuales estamos habitados y cuesta comunicar. Con certeza. Con ternura. Umbrío por
El camino del decir, del expresar, está sacudido por la tempestad de un tiempo que no dio treguas. 
Hoy mismo sigue desaparecida María Claudia.
Hoy por hoy hay impunes que se burlan y restregan  en nuestras caras su impunidad. Siento que no hay tiempo, hay demasiado por decir y por hacer mucho más. Para no callar elijo uno de sus poemas:


El juego en que andamos

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos, 
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría 
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría 
este amor con que odio, 
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores, 
que me juego la muerte.


Salú Juan

Ir.

  

 
 

 

 

 

       

 

 

  

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N°298--24/01/2014